Hace 6 años y 1 día…

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Ayer quise escribir la entrada que en verdad estoy escribiendo hoy. Mi vida es un cúmulo de intenciones no concretadas. Pero sí existe algo que me propuse y que hice, que fue empezar este blog y cambiar mi cuerpo. De esto se cumplen 6 años (ayer), cuando comenzó el proyecto de Semana 52.

Todavía recuerdo esas primeras ideas que daban vueltas en mi cabeza, y mi acierto (porque tuve algunos) fue no esperar. Me tomé solo dos semanas para organizarlo y el 1º de agosto de 2010 empecé con mi nueva alimentación, mi nuevo entrenamiento, y a escribir una entrada por día, algo que cumplí ininterrumpidamente durante 52 semanas. Hoy no tengo tiempo de ir a verme en el espejo para lavarme la cara y sacarme las lagañas de los ojos. ¿Cómo hacía? No lo sé.

Mi vida cambió desde ese entonces. Muchísimo. Quienes me conocen quizá se queden principalmente con los cambios físicos. En mi cara, más delgada (ahora con barba), mi torso, más delineado, y un enorme tatuaje en mi brazo izquierdo: la historia de cómo transformé las ganas de correr en la aventura más fantástica de mi vida.

Este blog, o estas ganas de cambiar mi cuerpo y dejarlo todo por escrito, me llevó a lugares insospechados. Literalmente. Afianzó mi relación con mi grupo de entrenamiento, PUMA Running Team, y tras separarme de mi concubinato fui corriendo a sus brazos para consolarme en Río de Janeiro, corriendo la Maratona de 2013. ¿Algún argentino se imagina un invierno en el mar, con 30 grados de temperatura? Los que visitan Brasil no tienen problema en hacerlo. Nunca me había planteado conocer ese país, fui porque necesitaba correr, necesitaba estar con mis amigos, y quería más material para el blog, en ese momento transcurriendo su tercer año.

La Maratona fue una experiencia maravillosa, como lo fue también la convivencia y ese primer encuentro con un país que, hasta esa oportunidad, nunca me había despertado curiosidad. Y lo llamativo es que este año volví a Río y me traje de vuelta una novia brasileña. Ahora divido mi poco tiempo entre planificar cómo sigue esta relación a distancia y mis clases de portugués.

Estoy transcurriendo una nueva vida que, como aclaré varias veces, me quita mucho tiempo libre. En realidad es una decisión, que significó un cambio de carrera y resignificar todo lo que aprendí haciendo este blog para generar contenido en redes sociales. De algún modo hoy me pagan por hacer lo que hacía en Semana 52. Además estoy entrenando gente, algo que en las primeras entradas de aquel agosto de 2010 estaba más lejos que la maratón y todavía mucho más que el Spartathlon. Una de las cosas más lindas que descubrí fue que todo lo que yo aprendía en mi cambio físico y mental le podía servir a otras personas. Hoy corro junto a alguien que se está preparando para una carrera o que quiere cambiar sus hábitos, y tengo miles de cosas para contar. No porque me guste hablar de mí, sino porque me lleno de entusiasmo y quiero contarles que yo estuve en ese lugar, yo desconfiaba de mis capacidades, y al final pude hacer todo lo que me propuse. Mi tiempo pasó, logré cumplir mis metas, y el nuevo sentido de mi vida es que otros puedan cumplir las suyas.
En unos días viajamos con el grupo a Pinamar, a la Adventure Race que es ya una tradición. En esa ciudad hice mi despedida del alcohol, aprendí a correr en la arena, pude cosechar los frutos del entrenamiento duro, y viví incontables historias con gente a la que aprecio mucho.

No debe pasar una semana donde piense en este blog y me lamente de no estar escribiendo algo. De hecho se me pasó la oportunidad de hacer una reseña de la Adventure Race que se hizo en El Palmar, Colón, Entre Ríos. Pero elegí dedicar mi tiempo a trabajar, que a veces es entrenar gente, y siempre es generar contenido para diversas páginas de Facebook (no quiero convertir esta entrada en un aviso clasificado, ¡pero contrátenme porque con mi socio Germán De Gregori somos especialistas en el rubro!). Hoy hay un nuevo sueño, quizá ligado al deporte pero no a una carrera o a un desafío físico. Sería vivir de lo que me gusta, tener una vida un poco más relajada y la oportunidad de seguir conociendo el mundo.

Por supuesto que toda esta nueva vida —en la que, por fortuna, encuentro la oportunidad de seguir entrenando– me obligó a tener que aplazar mi proyecto de ir corriendo desde San Isidro hasta Pinamar, algo que, de haberlo hecho, tendría que haberlo empezado ayer (qué simbólico hubiese sido arrancar el día en que este proyecto cumplía 6 años). Quedará para más adelante, porque me sigue pareciendo algo divertido. Por lo pronto voy a disfrutar de este viaje, en el que voy a correr con Fabián, esa topadora que estoy preparando para una ultramaratón de 120 km. Como va a correr desde Mar del Plata hasta Pinamar, vamos a aprovechar la arena de esta Adenture Race para hacer una especie de reconocimiento del terreno.

Hoy me encuentro colaborando con la “Semana 52” de otras personas, y es algo que se dio así, orgánicamente. No sé en qué situación me encontrará cuando se cumplan 7 años desde que empecé a cambiar mi cuerpo, pero de algo estoy seguro: hoy estoy mucho mejor que en 2010, más confiado, fuerte y estable.

A mi vida solo le falta más tiempo para escribir, pero creo que todo lo que estoy haciendo hoy me va a dar la tranquilidad y el espacio para poder hacerlo como realmente quiero.

Maratona do Rio 2016: 42 km de agonía y sol

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La carrera: La Maratona de Río de Janeiro es, como su nombre sugiere, una carrera de 42 km en esta gran ciudad brasileña. El recorrido no es circular, en el sentido de que largada y meta están en el mismo sitio, sino que uno debe trasladarse hasta la Praça do Pontal do Tim Maia, en Recreio Dos Bandeirantes, y desde ahí correr la distancia casi exclusivamente por la costa hasta Flamengo, donde se encuentra la llegada.

Esta maratón es una de las más convocantes de Sudamérica, y aunque está absolutamente dominada por los locales, uno puede cruzarse con corredores de todo el mundo. Por supuesto, los favoritos siempre son los keniatas, y ellos fueron los que dominaron los podios de esta edición.

La gran diferencia entre esta Maratona y la de años anteriores fue la fecha. Con los Juegos Olímpicos que se van a disputar en junio, mes histórico de esta prueba, la organización decidió adelantar el día de la largada al 29 de abril. Para mí no es cualquier fecha, ya que se trata del cumpleaños de mi papá. No lo tuve presente cuando me inscribí a fines de diciembre del año pasado, pero sí estuvo en mi cabeza cuando crucé la meta.

Voy a describir algunos detalles técnicos y descriptivos de la carrera antes de hablar de mi experiencia personal. La organización es muy buena, sobre todo considerando que manejan una cantidad de corredores impresionante (declararon 29 mil corredores para la edición 2016). El mismo día tienen lugar tres competencias: maratón, media maratón y la Family Run, de 6 km. La acreditación comienza un miércoles y el domingo por la mañana es largada, lo que da cuatro días para buscar el kit y la remera. El contenido es un poco pobre, pero se trata de una carrera bastante accesible, y la bolsa que contiene los elementos de la carrera es muy resistente, por lo que dan ganas de conservarla.

Como parte del servicio de la Maratona, se puede contratar el micro que traslada a los corredores desde la meta, en Aterro do Flamengo. La largada es, al igual que el 97% del recorrido, junto a la playa. La hidratación es excelente, ya que los brasileños entregan vasitos con tapa para el agua, el cual se puede pinchar con el dedo y beber sin tragar aire ni atragantarse. El Gatorade viene en sachets, los cuales uno puede abrir en una esquina con los dientes y no frenar para tomar. Esto ahorra preciosos segundos y permite hidratarse mientras se sigue corriendo.

No hay, prácticamente, sombra durante el recorrido. Digamos que es una excepción no estar al sol. Aunque estamos a pocas semanas del invierno, la temperatura durante la carrera osciló entre los 24 y los 27 grados. No estuvo nublado, a pesar del pronóstico del tiempo, y aunque era una temperatura agradable, los argentinos venimos del frío, y el choque de correr con calor fue fuerte.

Correr por la costa, atravesando muchas playas, le da un color particular a la carrera, ya que mucha gente acompaña el recorrido, aplaudiendo y alentando. La Maratona de Rio es una experiencia muy particular que vale la pena vivir al menos una vez en nuestra vida como corredores.

Ahora, mi experiencia personal. Desde hace mucho tiempo abandoné mi deseo de hacer marca y obsesionarme con mejorar mis récords personales. Tomé la decisión de dar un paso al costado y dedicarme a acompañar a las nuevas generaciones de corredores. Así, las carreras dejaron de ser pruebas de superación personal para darle el protagonismo a otros, y convertirme en testigo de aventuras ajenas. Esto me permitía relajarme y sentir que todo lo que yo viví era algo que podía servirle a un debutante, o alguien a quien yo apreciaba que tenía miedo de enfrentarse a una distancia o un tipo de carrera nueva.

Tuve muchas dudas de si acompañar a alguien o no en esta edición. Ya había corrido la Maratona do Rio en 2013, con un tiempo de 3:26 hs, y recordaba que había sido muy dura por el calor. Este año tenía ganas de esforzarme, porque tengo pocas oportunidades de hacer velocidad en una carrera (me estoy concentrando mucho a la modalidad de aventura y poco a la de calle). Pensé podía volver a esforzarme y ver dónde estaba parado. Aunque entreno regularmente, no me venía preparando específicamente para hacer tiempo, y se me presentó un olvidado miedo de coquetear con mis límites. Me empezó a ganar el deseo de volver a enfrentarme a lo desconocido, a lo que asusta. No podía dejar pasar la oportunidad.

Muchos de mis amigos de PUMA Running Team participaban de esta carrera, y absolutamente todos tenían la misma estrategia: hacerla tranquilos. Eso era lo contrario a lo que había decidido hacer yo. En el fondo seguía con ganas de ser testigo de la historia de otro, así que hasta último momento no le confirmé a nadie que iba a correr solo.

Arrancamos a las 7:30 del domingo, muy puntual. Tardé dos minutos en cruzar el arco de largada, y creo que he estábamos bastante adelante. Corrí los primeros dos kilómetros con Fran, con quien compartimos la aventura de la Patagonia Run a principios de abril (demoledores 40 km juntos en montaña). Si mi vida como corredor fuese una profesión a la que debería conseguirle un reemplazante cuando me retire, Fran sería mi primera opción. Pero todavía está haciendo sus primeras experiencias en carreras, y una molestia en una pierna le impedía dar su 100%. Mi deseo era poder completar los 42 km en menos de 3:30 hs, por ese capricho de que los maratonistas profesionales se definen por estar por debajo de ese tiempo, y Fran insistió en que no iba a poder correr a menos de 5:00 minutos el kilómetro. Lo intentamos, pero al final me convenció de seguir solo, y lo solté.

Para mí es muy importante despegarme del pelotón inicial. Sé que va en contra de lo que muchos recomiendan, pero a mí me gusta empezar al 110%. Hasta que empezamos a correr por la ruta junto a la playa, donde hay más espacio, todo es buscar un hueco o correr a la velocidad del que tenemos adelante. Dos atletas fornidos, uno en cuero, de piel oscura (lo que los hace más tolerables al implacable sol), mantenían un muy buen ritmo. Yo recordaba que mi mejor maratón la había hecho a 4:20 minutos el kilómetro de promedio, así que me pegué a ellos para ayudarme a mantener el ritmo. La Maratona no tiene liebres o pacers, por lo que hay que inventárselos.

Me costaba mucho seguir a estos dos morochos. En mi cabeza, el mejor pronóstico era seguirlos hasta el km 21 y soltarlos. Si podía hacer esos 4:15 o 4:20 el kilómetro, la segunda mitad iba a poder bajar la velocidad hasta 5:00 y llegar a la meta por debajo de las 3:30 horas. Estaba haciendo un esfuerzo grande, y era lo que me asustaba: no disfrutar de la carrera.

No era fácil seguirlos. Se alejaban y cuando los tenía a 50 metros, aumentaba mi velocidad para no perderlos. En los puestos de hidratación perdían su impulso y yo les ganaba unos metros. Así estuve los primeros diez kilómetros, pensando en qué otro corredor usar de liebre cuando los perdiera. Pero entonces ocurrió algo que no anticipé. Empezaron a quedarse atrás. Quizá pasaron de 4:15 a 4:20, pero lo cierto es que los alcancé, y mi orgullo me obligó a dejarlos atrás. Imaginé que, más adelante, cuando bajara mi velocidad, les tocaría a ellos pasarme.

Miraba constantemente mi reloj. Sin un pacer para robarle el ritmo, solo podía depender de mí mismo. Entonces un corredor de remera roja me pasó. Decidí no perderlo de vista y lo empecé a seguir. A veces me ponía a lado, otras le sacaba unos metros de ventaja, pero en casi todo momento yo quedaba por detrás. En remera, abajo, tenía una leyenda que decía “No one left behind” (“nadie queda atrás”, en el sentido de que no se abandona a nadie). Me pareció que me lo decía a mí y me motivó a no soltarlo.

Pasa algo curioso en las carreras y es que llega un momento en que dos corredores dejan de saber quién es el que marca el ritmo. Este atleta debió notarlo y me empezó a hablar. No domino el portugués más que para comprar mi leche de soja en el supermercado, así que empezamos a comunicarnos en inglés. Su nombre era Gustavo y esta era su segunda Maratona en Río. Le dije mi estrategia de mantener esa velocidad hasta el kilómetro 21 y después soltarlo, pero me dijo que seguramente íbamos a seguir juntos hasta la meta. Esa confianza en mí me motivó.

Una sola vez en mi vida mantuve ese esfuerzo de correr rápido tanta distancia. Todavía no me sentía preparado para repetir la proeza, porque lo que hicimos en el pasado suele terminar condimentado con un romanticismo que no tenía. Entonces, en mi cabeza aquella vez estaba mejor entrenado, mejor alimentado y más descansado. A las dudas de si iba a poder tener un desempeño similar, le sumé uno nuevo: “¿Por qué no?”.

Cruzamos los 21 km y tuve que ponerme una nueva meta. Iba a seguir a Gustavo hasta el km 30, que coincide con el mentado muro, pero además con la subida a un morro que, aunque no es pronunciada, es larga y come piernas. Ya al subida a una autopista hizo que bajáramos el ritmo un poco hasta que dejó de tener pendiente.

El gran problema de estar sufriendo una carrera es que cuesta disfrutar del paisaje. Río tiene un marco alucinante, que sé que en otro contexto hubiese disfrutado más. Pero mi decisión fue esa, dejarlo todo, así que pido disculpas si no detengo en descripciones de las olas rompiendo debajo de la autopista, el mar infinito, la arena blanca… Todo eso está, pero en mi agonía pasaban a un plano muy lejano.

Pasamos el kilómetro 30, y todo el tiempo coqueteaba con la idea de bajar la velocidad o caminar. Son malas jugadas de la cabeza por las que todos pasamos. Aprendí a no escucharlas, pero siempre están de fondo, molestando. Tengo la suerte de haber corrido lesionado, con dolores espantosos, así que sé que todavía queda mucho resto más allá del agotamiento y de una cabeza que de pone en contra. Sospechaba, eso sí, que si frenaba o bajaba la velocidad, me iba a ser imposible volver a ese ritmo de 4:20 el kilómetro.

Iba contando los kilómetros que faltaban. De vez en cuando, tiraba un parcial de “ya vamos 2/3 de carrera”. Creo que es más sano declarar lo que ya corrimos que en lo que falta, pero lo cierto es que en mi cabeza solo podía hacer cuentas para calcular cuánto faltaba para cruzar la meta.

En todos los puestos bebí. En los de agua tomaba un vaso para mojarme y otro para hidratarme. Empecé a mojarme los gemelos, que se agarrotaban y pedían clemencia. Gustavo empezó a quedarse y faltando unos 7 km dijo “estoy cansado”. Me puse en modalidad de Coach y empecé a intentar motivarlo. Le dije que él podía hacerlo, que confiara. Le cité a Henry Ford. Le dije que se relajara, que ya llegábamos por debajo de las 3 horas y media. Le recomendé mojarse las piernas además de beber. Menos subirlo a caballito, hice todo lo que estuvo a mi alcance.

Conforme quemábamos kilómetros, nos metíamos en las playas más concurridas, como la de Copacabana, donde se agolpaba la gente que nos alentaba. Faltando 3 km, Gustavo frenó en seco. Le grité que no, y noté su esfuerzo para volver a trotar. Mis piernas estaban agarrotadas y empecé a sentir tirones en mis aductores, pero escondí todos mis dolores para sostener anímicamente a mi compañero brasileño. Me rogó que lo dejara, juró que no podía más, y le dije que podía hacer lo que quisiera, menos frenar o caminar. Bajamos nuestro ritmo a 5:30 minutos por kilómetro. Igual se sentía la agonía.

Entonces empezaron a aparecer sus compañeros de Running Team. Primero le dieron una Coca Cola, que bebió feliz como si fuera un elixir fortalecedor. Después una cerveza. Nos prometimos hacer un sprint en el último kilómetro, pero negociamos que sea en los últimos 196 metros. Igualmente parecía que no tenía fuerzas. Le grité que diésemos todo, y eso hicimos. Cruzamos la meta con la mano en alto, y mi reloj marcó 3:16 horas, mi segundo mejor tiempo de maratón de mi vida, el mejor para esta carrera brasileña, y un récord histórico para Gustavo.

Finalmente cumplí mis deseos, hasta los más optimistas. Pude estar debajo de las 3:30 hs, darlo todo y ser testigo de la historia de alguien que necesitó mi ayuda. Por eso, esta edición de la Maratón de Río está dentro de mis carreras favoritas de toda mi vida.

Lo bueno: Sin dudas, el punto fuerte es la hidratación. Aunque el calor hace muy factible que sintamos sed, los puestos están muy bien ubicados, y prácticamente no necesité otra cosa para llegar a la meta.

Que el recorrido sea lineal en lugar de que largada y meta sea en el mismo punto también lo siento como un punto a favor. Por un lado, nos obliga a seguir avanzando para terminar y no cortar camino si abandonamos. Por el otro, permite ir casi todo el tiempo bordeando las playas, escuchando solo los pasos de los corredores y la rompiente del mar.

Lo malo: Por alguna extraña razón, la organización decidió poner un solo puesto de frutas en el kilómetro 35. Entiendo que esto unifica con el kilómetro 14 de la media maratón, pero creo que muchos hubiésemos agradecido comer algo mucho antes.

Lo otro que ya le critiqué en la edición de 2013 es que casi no haya bandas en vivo durante el recorrido, como es habitual en la Maratón de Buenos Aires. Con la oferta cultural que tiene Brasil uno esperaría una Samba, un cantante en vivo con su guitarra… Pero creo que vi una sola banda en vivo y un disc jockey en un túnel pasando música clásica.

El veredicto: La Maratona do Rio es una carrera excelentemente bien organizada, muy dura por el clima, ideal para quienes buscan desafiarse en calle.

Puntaje:
Kit del corredor: 7/10
Organización: 9/10
Hidratación: 10/10
Terreno: 9/10
Puntaje final: 8,75

Creo que no estoy envejeciendo

Creo que no estoy envejeciendo

Ocurre algo extraño con mi cuerpo. Está en constante cambio. Veo fotos mías de hace 10 años y casi no me reconozco.

Están ahí mis características: la forma de mis ojos, la curva de mi sonrisa, el lunar entre mis cejas, pero no me veo de la edad que tengo. O, mejor dicho, en mis fotos de hace una década me veo más viejo que ahora.

Mi físico cambió, y es lógico en una persona que corre entre tres y cuatro veces a la semana. Se estilizó la cintura, mi cuello se volvió más estrecho y mis cachetes redujeron su superficie. Nada que no le pase a cualquiera que entrene mucho y tenga un mínimo de consciencia de lo que come.

Lo que me sorprende es mi pelo. No le encuentro explicación. Sí, tengo muchas entradas y cada vez me crece menos, pero siendo hijo, nieto, bisnieto y hermano mellizo de pelados, asumí que mi destino inexorable era tener el cuero cabelludo a la vista de todos.
Cuando tenía 21 años decidí no cortarme más el pelo. Creció hasta que podía cerrar mi mano haciendo un puño y algo asomaba del otro lado. De a poco los cabellos largos de adelante empezaron a acomodarse atrás de las orejas y empecé a usar colita. Bañarme se volvió cada vez más imperioso porque se me engrasaba con mucha facilidad.

Un día, en la ducha, empecé a tapar la bañera. Veía cómo caían pelos largos, directamente con la raíz. Mi almohada iba recolectando, cabello por cabello, toda mi larga melena.
A principios del año 2000 atravesé muchos cambios. Primero, me había hecho vegetariano desde hacía pocos meses. Segundo, me fracturé el tobillo (dos hechos que no guardaban relación entre sí). Tercero, decidí cortarme el pelo.

No sé por qué lo hice, lo extrañé horrores más tarde. Jamás volví a dejármelo largo. Si me pongo a revisar el cajón de las fotos seguro encuentro una donde esto con mi corte nuevo y muletas.

Nunca fui un vegetariano flaco, eso vino después, cuando empecé a correr. La fractura de tobillo tuvo algo que ver porque empecé a trotar como parte de mi rehabilitación. Fueron mis primeras experiencias corriendo solo, sin que sea una obligación de la clase de Educación Física. En los años siguientes, cada vez que tenía vergüenza de mi lamentable estado físico, salía a correr algunos minutos.

Pero lo que quiero que visualicen no es a ese neo-vegetariano trotando, superando sus marcas y alcanzando 5 km… 7 km… 10 km… No, no. Su cabello. Miren su cabello. La frente comienza a agrandarse y todos, sin excepción, comienzan a hacérselo notar. Una triste imagen, pero inevitable en una enorme mayoría de los hombres.

Ahora bien, lo curioso de toda esta cuestión es que un día sentí que había llegado al camino sin retorno, y empecé a raparme (la mejor solución para el cuero cabelludo graso es no tener pelo). De ahí pasé a afeitarme la cabeza. No lo hacía muy seguido porque me cortaba casi siempre. Mi mamá, que no está para sutilezas, me preguntó por qué los jóvenes buscábamos siempre el look de enfermo terminal.

Empecé a correr con mayor frecuencia y me inicié en las carreras. En las sierras. En los médanos. La Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Y afeitarme el día antes se convirtió en un ritual. Me hacía verme más prolijo en las fotos.

Si me dejaba crecer el pelo un mes, mi mamá me iba a pedir que por favor no me lo cortara, que me quedaba mejor. Era la señal para ir al espejo, verme y preguntarme por qué me estaba dejando estar así (no pasaba más de un día sin raparme a cero).

Hasta que un día, una de esas chicas inalcanzables me dijo que había visto fotos mías y que era más lindo con pelo. Un par de meses antes de correr el Spartathlon decidí no volver a raparme. Lo dejé crecer, junto con mi barba (ah, cierto, también me dijo que me dejara crecer la barba).

Volví de Grecia barbudo y con un pelo que seguía creciendo. No tenía idea de qué iba a pasar. Pero a pesar de que las entradas siguen ahí, todavía quedaba mucho pelo cubriendo mi cabeza. Como si fuera poco, a mis espaldas comenzó a crecer el rumor de que me había hecho un implante.

No conquisté a esa chica inalcanzable con mi nuevo look de pelo y barba, pero me amigué conmigo mismo. Me agrada lo que veo en el espejo, que podría ser tema de mil sesiones de terapia. Así y todo, también me pasa que cuando me cruzo en Tinder con una chica que  tiene 38 años como yo, la veo físicamente más vieja.

Puede que no vuelva a tener pelo largo, sin embargo no pasé el camino sin retorno como creía una década atrás.

Una pesadilla recurrente

Una pesadilla recurrente

Estoy corriendo una carrera. Físicamente me siento excepcional. Ni un dolor, no hay ni siquiera ampollas. Tengo aire y mucho resto.

Pero falta mucho para la meta.

Es una carrera de aventura. Llevo calzas. Estoy muy preparado.

Entonces entro en la ciudad. Y me pierdo.

El reloj avanza. Doy vueltas, pido indicaciones. No veo más marcas, ni cintas, ni vallas. No sé a dónde ir, solo sé que cada vez hay menos tiempo.

No puedo recordar a qué hora empecé. Intento hacer memoria, pero no me viene a la mente. Sé que generalmente largamos a las 8 de la mañana, pero ya son las 9 y media de la noche. ¿Hasta qué hora me van a esperar?

A veces estoy corriendo el Spartathlon. Otras los 42 km de la Maratón. Siempre hay escaleras, edificios intrincados y gente que sigue con su vida. Meto mi carrera en medio de ellos. Me doy cuenta de que estoy perdido, de que no era por ahí, pero no sé volver sobre mis pasos.

Alguna vez pedí ayuda, y aunque encontré gente preocupada por mí, nadie se apuró. Todos se tomaron su tiempo mientras el reloj avanzaba implacable. Anoche volvía a la largada, donde estaban guardando las vallas y las banderas. Me decían que era el último, y quería salir rápido para empezar a pasarlos y ganar posiciones. Un policía se ofreció a llevarme hasta donde me había perdido. Miramos un mapa, pero no podía indicarle dónde había tomado ese giro equivocado. Fuimos a la casa del oficial a buscar su patrullero. Caminamos a paso tranquilo, mientras la desesperación por el cronómetro me estrujaba el corazón.

En estos sueños estoy entre la desesperación de estar afuera de mi ámbito y la impotencia de que me ignoren. Es demasiado pretender soñar con el recorrido completo, saliendo de la largada y llegando a la meta. El único consuelo que encuentro es que en medio de esa desesperación interna que vivo, me pongo a desear que todo esto sea un sueño. Y se cumple en el alivio del despertar.

La soledad del corredor de ultramaratones

La soledad del corredor de ultramaratones

Los lectores asiduos de este blog notarán que desde el regreso de Semana 52 le he dedicado poco tiempo a realizar entradas nuevas. Esto tiene una explicación y es que me estoy dedicando a cosas nuevas, pero relacionadas con el deporte y la motivación, que es mi norte en esta etapa de mi vida. Una de esas cosas es haber empezado un libro sobre running. No a leerlo, sino a escribirlo. Comenzó como una crónica detallada de mis 130 km en Patagonia Run y, si bien ese es el “esqueleto”, está evolucionando en algo muy personal, que describe qué pasa adentro de la cabeza de un corredor llevado al límite. Disfruté mucho leyendo “Correr, comer, vivir”, de Scott Jurek, y “Correr o morir”, de Killian Jornet, y dudo que ellos hayan sido los escritores (más bien juntaron sus anécdotas y un escritor calificado le dio un orden y una gramática decente. “De que hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami, seguro fue escrito por el autor.

Sí, he pensado en aprovechar mis largas ausencias en este blog e ir subiendo capítulos de a uno, pero como no estoy seguro de que sean versiones finales, y cada tanto se me ocurre intercalar algo en el medio, estoy indeciso. Por ahora puedo prometer crónicas de carreras, porque es material que después me va a servir para la página www.germandegregori.com, otro de los proyectos en los que estoy inmerso.

Pero bueno, dejando todo este preámbulo lleno de excusas de lado, lo cierto es que este último mes podría haber sido muy jugoso para este blog. Podría haber contado un proceso que estoy haciendo en el que me doy cuenta de que tengo una cierta tristeza adentro mío… Fue duro darme cuenta de esto, pero todo cobra sentido. Primero fue la comida, ese placer inmediato que desaparece cuando el plato está vacío o llegamos al fondo del paquete de galletitas. Comer porquerías no fue el camino a la felicidad perdurable. Después fueron las mujeres, en ese vano intento por creer que estar en pareja me iba a hacer feliz. Descubrí que estar de novio no es igual a estar acompañado, y que uno se puede sentir en soledad incluso viviendo con alguien. Luego llegó el turno a las carreras, en especial las ultramaratones. Esa felicidad que me daba cruzar la meta después de un esfuerzo descomunal… de nuevo se convirtió en algo efímero.

Murakami lo describía como al tristeza del corredor (runner’s blues). Después de correr 130 km en montaña, una de las experiencias más agotadoras de toda mi vida, me encontré con la horrorosa pregunta de “¿Y ahora qué?”. Descubrí que no puedo ir de ultramaratón en ultramaratón, intentando llenar un vacío. Peter Milligan decía que ni siquiera el océano podía llenar un balde agujereado.

Hoy salí a correr 50 km, porque ayer, en el entrenamiento, me di cuenta que ese objetivo mío de ir corriendo hasta Pinamar lo prometí para dentro de 4 meses. Pasa el tiempo y no estoy haciendo nada puntual para prepararme. Así que le dije a Germán que quería que me empezara a preparar, lo termine haciendo o no. Me dijo que con lo que estábamos haciendo en PUMA Running Team alcanzaba, que solo necesitaba agregar un fondo a la semana. Me dijo que corra 50 km, y menos de 24 horas después estaba despertándome, en una fría madrugada.

Me costó salir de la cama. Eran las 5 de la mañana. Hacía frío y el día anterior había corrido 24 km. Lo único que me entusiasmaba era probar en el entrenamiento un experimento culinario, unos rectángulos de harina de maíz con un poco de harina integral, salsa de soja, una pizca de sal y levadura de cerveza. Los bauticé “milanesas de maíz” porque parecen milanesas de soja, un poco menos duras, y con gusto a polenta. Me puse un par en cada bolsillo y me abrigué, mientras pensaba en que no quería salir. Llegué hasta el umbral de la puerta, con las llaves en la mano, y me detuve un momento. Me estaba mirando los pies, pensando en que solo tres personas sabían que yo iba a correr 50 km (cuatro conmigo). Nadie tenía por qué saber que me había quedado en casa. Podía prender la estufa, sentarme a adelantar trabajo, poner alguna serie en Netflix de fondo. Me puse a pensar, ¿qué es lo que realmente quiero hacer? Correr 5 horas sin parar no fue ninguna de las opciones que pasaron por mi cabeza. No me pregunten cómo, pero salí igual.

Originalmente iba a correr hasta la Reserva Ecológica, en Capital, y volver. Se me ocurrió que mejor iba a ser quedarme corriendo por el Hipódromo de San Isidro, porque ahí tenía bebederos y no iba a tener que preocuparme por la hidratación. Después me di cuenta que en realidad este razonamiento había sido una trampa de mi cerebro: muchas veces, por la cercanía a mi casa, pensé en desviarme, abandonar, y volver a mi cálido hogar. No lo hice.

Salí a las 6 de la mañana, lo que significa que me tomó una hora vestirme, desayunar y juntar fuerzas para salir. Estaba muy bien abrigado, así que no padecí el frío. Las veredas estaban absolutamente desiertas, así que corrí a mis anchas. Solo tuve que esquivar a algunos jóvenes que salían de bailar, todavía eufóricos.

Decidí recorrer todo el Hipódromo en forma de “S” y volver sobre mis pasos. Eso me daba unos 12,5 km, así que repetir el circuito ocho veces (cuatro idas y vueltas) me iba a ayudar a cerrar en 50. Terminando el primer cuarto de la distancia prometida, empecé a sentir un dolor en la rodilla derecha. “Sigo derecho hasta casa y cierro por hoy”, pensé. No me hice caso. Comí mi primera milanesa de maíz, tomé agua y salí.

A medida que amanecía se empezaban a ver celestes mezclados con naranjas en el cielo. A esa altura fue el pico de frío, pero estaba entrado en calor. Tuve que hacer una parada en el baño de la YPF (no entraremos en detalles). Venía mirando el reloj. Si terminaba, quería hacerlo en menos de 5 horas.

Pensé mucho en conformarme con lo que había hecho hasta ese momento. Cuando estaba cerca de la mitad de mi objetivo, entendí que con los 24 km del día anterior ya me podía dar por satisfecho. Conforme pasaban los kilómetros, reducía la velocidad. Los pies me dolían, las lumbares también. Urgente cambiar de zapatillas.

Me distraía con las canciones que sonaban en mi cabeza. Cuando se me pegaba algo insoportable, pensaba en “I Want It All”, de Queen, que es la mejor canción de rock de la historia y me sirvió cuando se me pegó “Bailando en la sociedad rural”, de Alfredo Casero, en mis 130 km de principios de abril (en aquella oportunidad, le cambié la letra a “Corriendo en la Patagonia Run”, que repetí en mi cerebro ad nauseum).

Con el sol y un ligero aumento de la temperatura, empezaron a aparecer otros corredores. Mi paso se hacía tedioso y, si me concentraba, podía acelerar un poco y lograr que mi reloj marcara un ritmo más rápido que 6 minutos el kilómetro. De nuevo sentí ganas de ir al baño y pensé en venir a casa, donde iba a estar en un entorno amigable y más cómodo que la YPF. De nuevo, trampas de mi cerebro.

Pasé los 30 km y dije “qué bueno no sentir el muro”. Al km 32 me arrastraba. Pero no me detuve más que para tomar agua. Incluso comía mis milanesas de maíz caminando o iniciando un trote. Para no aburrirme cambié el plan y empecé a darle vueltas al Hipódromo, cada una de poco más de 5 km. Cada vez se aparecía más gente, incluso familias con niños aprendiendo a andar en bicicleta, quienes ocupaban todo el ancho del camino. Un fastidio para los corredores.

Pasé los 42 km y recién un kilómetro después me di cuenta de que acababa de pasar la barrera que define una ultramaratón. Increíble pensar que 24 horas atrás ni siquiera sabía que iba a estar haciendo eso.

Los últimos 6 km fueron eternos. Pero aceleré, porque sabía que así iba a terminar más rápido. Pasé de 6:05 minutos el kilómetro a 5:30. Me dolía la espalda, la nuca, y los pies. Caminando en la tierra me clavé una rama que atravesó el costado de mi zapatilla, cual iceberg contra el Titanic.

Y pensé mucho por qué no quería correr. Si es algo que en los últimos años fue sinónimo de felicidad. Saqué algunas conclusiones, mientras corría. Al igual que con la comida, funcionamos en sistema. No existe un alimento milagroso que nos va a hacer bajar de peso o nos va a dar todos los nutrientes que necesitamos. Siempre hay que hacer combinaciones y no apegarnos a una sola cosa. Lo mismo, sospecho, pasa con la felicidad. No puede haber una sola cosa que nos haga bien, tiene que haber varias, todas empujando para el mismo lado. Por eso, estando triste o insatisfecho con mi vida, es obvio que correr no va a ser suficiente. Necesito más cosas que me hagan bien.

Estoy muy contento de haber hecho este fondo. No quería hacerlo porque no quería pensar. Me espantaba la idea de estar a solas con mi cerebro durante tanto tiempo. Completé los 50 km en 4:56:01, así que alcancé mi meta caprichosa de estar por debajo de las 5 horas. La rodilla no me molestó más que aquella vez, las ganas de volver a ir al baño a sentarme un rato desaparecieron, y ningún dolor fue lo suficientemente grande como para hacerme parar. Me costó imaginarme terminando esos 50 km, así que tuve que salir a comprobar que podía hacerlo. Pude pensar en qué cosas iba a hacer apenas terminara y que me hicieran bien a mi ánimo. Planifiqué una ducha caliente y unos cereales con leche de soja y banana. Después me di cuenta de que por hoy quería cambiar de fruta y le puse manzana cortada en cubos. Pensé en escribir esta reseña, y todas esas pequeñas cosas me entusiasmaban. Las hice y sentí mucha satisfacción.

Ahora estoy terminando esta entrada con mi gato sentado en mi regazo. No estoy del todo seguro de qué enseñanza queda cuando la cabeza dice que no a algo y uno lo hace de todos modos, pero sospecho que en el fondo de la semana próxima voy a tardar menos en esa batalla antes de salir a la calle. Algo que me abrumaba me terminó resultando más rápido de lo que me imaginé. Quizás por eso de que mejor que correr es haber corrido.

Así que, de a poco, volverán las sesiones de fondos donde tendré que abrazar esa soledad de la madrugada (mejor que el amontonamiento de padres y abuelos enseñando a niños a andar en bicicleta), en la que buscaré una canción que me guste para repetirla hasta el hartazgo, y en la que probaré nuevas recetas. Pensaba que la próxima milanesa de maíz podía ser dulce, con ralladura de limón y un poco de miel. Suena asqueroso, es verdad, pero hoy me di cuenta que hay que seguir el instinto cuando algo te entusiasma. Eso puede hacer que el resto de las cosas empiecen a acomodarse.

Patagonia Run 2016: Donde se midieron los valientes

Patagonia_Run_2016

La Carrera: Quienes siguen este blog saben que hace varios años que participo de Patagonia Run. Empecé en 2012 cuando era su segunda edición y estrenaban la distancia de 100 km. Fue una de las experiencias más agotadoras de mi vida, ya que por primera vez me enfrentaba a la montaña, y aprendía que un trail no necesariamente es correr.

Cuando supe que iban a estrenar la distancia de 120 km en 2015 dije que solo un demente podía querer participar de una prueba así. Finalmente terminé siendo uno de esos dementes. Entre el viernes 8 y el sábado 9 de abril se largó la edición de este año, donde la prueba más larga pasó a ser de 130 km (salida a las 19:30), y las otras distancias que se corrieron fueron 100 km (23:00), 70 km (6:00), 42 km (8:30), 21 km (10:15) y 10 km (11:15).

Quizás alguno recurra a la calculadora y asuma que correr 70 km es más fácil que 130, pero no se engañen: la montaña es dura y si el clima no acompaña o no se tiene una buena estrategia, la paliza que podemos recibir puede ser muy importante.

En la charla técnica (quizás una de las más dinámicas y divertidas de todas las ediciones en las que participé) se aclaró uno de los fuertes de Patagonia Run: el terreno variado. Excepto mar y desierto, tenemos todo: montaña, pampas, mallines, arroyos, tierra, rocas y hasta asfalto.

Como decía antes, el clima puede torcer enormemente el desempeño de la carrera. Cuando partimos los de 130 km a las 19:30, en la Plaza Central de San Martín de los Andes, todavía había sol y el frío de la medianoche estaba lejos. En el ascenso al Cerro Colorado, a 1785 metros sobre el nivel del mar, vino acompañado de vientos helados y una densa neblina que impedía ver las marcas del camino. Ni siquiera podía verse la cumbre para usar de referencia. Al final del segundo día hubo lluvias débiles e intermitentes, pero que forzaban a uno a querer llegar a la meta de una vez por todas.

En mi caso fue una de las carreras más especiales de mi vida. Salí decidido a hacer un buen tiempo, ya que el año pasado acompañé a un amigo y no estaba del todo seguro cuál hubiese sido mi tiempo (si mayor o menor) de haber corrido solo. En esta edición tenía a tres amigos corriendo cada uno una distancia diferente: Lucas con 42 km, Franco con 70 km y Fernando con 100 km. Aunque me crucé con el último en el Puesto de Asistencia Corfone, nuestros recorridos tenían una diferencia muy ligera que de un momento a otro nos puso a 4 km de distancia entre nosotros.

En el puesto de hidratación Corfone (a 7 km de donde me crucé con Fernando) me encontré con una corredora de 100 km pidiendo explicaciones, con los puestos y sus horarios de corte impresos en una hoja. La vi desorientada y temerosa de la noche, así que le ofrecí acompañarla hasta el puesto Colorado, que viene una vez que se cruza el helado cerro del mismo nombre. Los 130 km de Patagonia Run son varias carreras en una sola. La primera va desde la meta hasta cruzar el Colorado. La segunda es soportar la noche hasta que salga el sol y comience a calentar. La tercera es cruzar el Cerro Quilanlahue (de 1650 metros sobre el nivel del mar) y llegar hasta el puesto del otro lado, que descansa en su base, antes del horario de corte de las 18:30. La cuarta es hacer los últimos 27 km hasta la meta, con todo el cansancio encima, y llegar antes de las 22:45.

Esta corredora neuquina, llamada Marianela, recibió mi perorata de consejos, motivación y hasta mi gorro windstopper, que le regalé cuando finalmente llegamos a las 5:30 de la mañana al Puesto de Asistencia Colorado 1. Mi idea era acompañarla a subir el cerro y bajarlo juntos, pero entre que me quedé abrigándome y le pedí que siga para no enfriarse y las nubes bajas que tapaban toda la visión, recién pude alcanzarla a la mitad del descenso. Mucho coraje, y me alegró mucho ver en la clasificación general que llegó a la meta.

Lo otro que hizo muy especial esta edición fue el segundo compañero que tuve. Cuando dejé a Marianela en el Colorado 1 decidí aumentar el ritmo y ver si en una de esas lograba alcanzar a Fernando. Logré pasar la noche, a fuerza de haber llevado el abrigo correcto y haber hecho una buena estrategia de hidratación y alimentación. Cuando finalmente llegué a la base del Quilanlahue, representado por el Puesto Coihue (km 98) no me encontré con Fernando, sino con Franco, con quien nos fundimos en un fuerte abrazo. Jamás nos habíamos propuesto encontrarnos, con la gran diferencia horaria de nuestras salidas, pero estábamos ahí y decidimos subir el Quilanlahue juntos.

Este cerro, lisa y llanamente, nos devoró, nos masticó, y nos escupió. Quedamos absolutamente agotados después de un ascenso de una hora y media. Como el otro lado del cerro estaba cerrado por mal clima, teníamos que volver por el mismo camino, con el peligro que implicaba tener en un mismo sendero a corredores subiendo y bajando (en un bochornoso juego de “la gallina” para ver quién se corría primero). Bajamos lo más rápido que pudimos y en cada puesto al que llegábamos no podíamos evitar descansar unos minutos.

Yo decidí no cambiarme de ropa porque me mantenía caliente, pero quizá fue un error por el tema de las medias. Mis pies estuvieron mojados todo el tiempo, y en los últimos kilómetros sentía que corría sobre hojas de Gilette. Franco estaba especialmente abatido, así que intenté guardarme todos mis dolores para que se apoyara en mí. No nos lo dijimos, pero ambos llegamos a pensar que no íbamos a llegar, porque los horarios de corte de los puestos cada vez se acercaban más a nosotros. Los trotes eran cada vez más escasos y las caminatas más largas.

Pero de algún modo lo hicimos. Llegamos al puesto Bayos 2 a las 19:45, una hora antes de que cierre, y nos quedaban 9 km y 3 horas para llegar a la meta. Quisimos, soñamos con correr, pero no pudimos. La planta de mis pies me estaba matando, al igual que la espalda. Franco nunca había corrido más que 42 km de calle, así que estaba experimentando dolores y un cansancio completamente nuevo. La noche nos cayó encima, de nuevo encender las linternas frontales y rogar que la meta llegue pronto.

Fue un camino agónico. Todo dolía, subir, bajar, estar de pie, estar sentado. No había opción más que seguir avanzando, como se pudiese. Después de serpenteantes caminos de tierra que no dejaban de subir, llegamos a la ciudad, y a partir de ahí el último kilómetro a la meta. En voz baja rezaba, para inventar fuerzas que me hicieran soportar el dolor. El desamparo acerca a los hombres a Dios, y en ese momento alternaba Padres Nuestros con Aves Marías. Si no me daba créditos espirituales para superar la prueba, al menos me mantenía la cabeza distraída del dolor de cada paso lastimoso que daba.

Con ayuda de los organizadores pude bajar unas rocas y llegar finalmente al nivel de la calle, junto al imponente Lago Lacar. Mientras caminábamos por el asfalto, arrastrando nuestros bastones, ya decidíamos cómo iba a ser nuestra llegada. Fran me adelantó que iba a llorar y lo hizo. Yo crucé la meta pegando un grito de guerra y me abracé con mi compañero mientras largaba sus esperadas lágrimas. Lucas, fresquísimo después de sus 42 km, nos esperaba en la meta para sacarnos fotos, y Daniela, su novia, nos filmaba y alentaba. Fernando estaba en ese momento en la cama, donde terminaríamos todos y donde ansiamos estar casi todos los que nos animamos a la Patagonia Run.

Mis pies eran una visión espantosa. Estaban arrugados como cuando uno se moja la piel por mucho tiempo, pero en este caso los surcos eran muy profundos. Mirarlo fijo ya me hacía doler. La Doctora Daniela me recomendó ponerlos en agua tibia y sal. Le hice caso sin tenerle mucha fe. Después de unos minutos me sentía un poco mejor (no podía pisar igual), pero a la mañana estaba como nuevo. Ni rastro de esos pies monstruosos de la noche anterior.

No sé cuál hubiese sido mi tiempo si hubiese corrido solo, pero sé que no hubiese sido lo mismo que acompañar a dos personas, una desconocida y un amigo, y ser protagonista de parte de la aventura de otro. Después de esta experiencia, difícilmente quiera volver a correr solo.

Lo bueno: La organización de Patagonia Run sigue siendo excelente. Si bien tengo algunos reparos, que mencionaré en la siguiente sección, el punto fuerte de la carrera, dejando de lado el terreno, es la buena predisposición de los voluntarios. Incluso me crucé con Mariano Álvarez, director de la carrera, en el Quilanlahue 2, y pude ofrecerle en vivo mis impresiones y sugerencias, que fueron recibidas con mucha cordialidad.

Los puestos más grandes tienen comida en abundancia, y a diferencia del año pasado, donde el agua escaseó, en esta edición se notó el esfuerzo porque todos los puestos estuviesen bien abastecidos.

El tema de haber modificado el descenso del Quilanlahue habla de un deseo de proteger al corredor, aunque no sé si se resolvió de la mejor manera. Pero destaco la intención. Y agradezco mucho a quien me tomó de un brazo y me ayudó, faltando un kilómetro y medio para la meta, a bajar unas rocas que descansado las saltaría en puntas de pie, con los ojos cerrados, pero que en mi estado deplorable eran un peligro. Fui cuidado y valorado por alguien que no estaba directamente obligado a hacerlo.

Lo malo: Poco, realmente. Escarbando en los fastidios que hay en todas las carreras podríamos ubicar a los banderilleros, que son extremadamente serviciales, pero que cuando uno les pregunta cuánto falta para el siguiente puesto, no saben decir “no sé”, y aventuran “una hora” o “cuatro kilómetros”, cuando finalmente terminan siendo dos horas o 7 kilómetros. Intuyo que es un deseo por ayudar, o incluso son mentiras “blancas” para que uno no se desmoralice, pero cuando ves que no te dijeron la verdad, el impacto puede ser muy fuerte.

En el kit del corredor de 100 y 130 km venían unas tibialeras que algunos recibieron y yo no por haberme acreditado en la noche del jueves. De hecho recién estuvieron para el sábado. Es difícil entender cómo si hay un número concreto de corredores a los que les prometieron este accesorio, no pudieron cumplirlo. En la cadena, alguien falló. No uso tibialera por lo que no me molestó, pero entiendo si alguien tuvo un disgusto por esto.

La subida y la bajada del Quilanlahue, que se hizo en un mismo sendero donde a duras penas cabía una persona, fue un peligro. Los que bajaban zambullían como si estuviesen solos. Un corredor me chocó y casi me lanza por un precipicio, si él mismo no me hubiese atajado al último milisegundo. Al llegar a la cima pude ver el pésimo clima (frío, lluvioso) y entendí que cruzar por el otro lado era un riesgo mayor, pero aunque esta improvisación funcionó (incluso creo que terminó siendo un descenso más duro que el original), hubiese estado bueno que tuvieran un plan de contingencia pensado para estas situaciones. No quiero ser el que justifique por ellos por qué no lo hicieron, pero seguramente era imposible marcar un segundo camino con la carrera en marcha. Pero esta es la perla negra que no le da un 10 a la organización este año.

El veredicto: Patagonia Run sigue siendo la mejor carrera del calendario. La encontré más dura que el Spartathlon (con sus enormes diferencias) y sigue siendo uno de los desafíos más grandes a los que un corredor amateur puede someterse. Ideal para cualquier persona que disfrute de los desafíos, sin importar su nivel atlético ya que cuenta con un margen muy amplio de distancias.

Puntaje:
Kit del corredor: 8/10
Organización: 9/10
Hidratación: 10/10
Terreno: 10/10
Puntaje final: 9,25

Adventure Race Tandil 2016: Cuando el sponsor importa más que el corredor

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La carrera: Desde hace 17 años que el Club de Corredores realiza esta clásica prueba en las sierras de Tandil. Son 27 km muy técnicos, desafiantes, que ni el primer corredor ni el último podría decir que es una carrera sencilla. Se realiza siempre en marzo, en ese punto intermedio entre el verano y el otoño, por lo que pueden hacer temperaturas heladas por la mañana y terminar con la cara enrojecida por el sol hacia el mediodía. Si bien tuvo variantes en su recorrido en los últimos años, el mapa es siempre muy similar, por lo que volver año a año a este desafío permite ir incorporando nuevas estrategias.

Lo bueno: El Club de Corredores es una máquina de relojería. Rara vez las cosas fallan, y eso permite que uno tenga la tranquilidad de que se va a entregar lo que se promete. Los puestos están ubicados en el lugar preciso, la acreditación es siempre muy ordenada, y no por nada cada año participan más atletas de toda Sudamérica.

Entre el recital del Indio Solari el fin de semana pasado, la Adventure Race este domingo y Semana Santa el próximo fin de semana, evidentemente es una racha muy favorable para la ciudad de Tandil. Y realmente lo merecen. Más allá de los bellos paisajes, el clima y el terreno desafiante, el tandilense es parte de la carrera. En muchos tramos alientan, y son un impulso motivacional cerca de la llegada.

Lo malo: Por dónde empezar… Quizás aclarando que esta es una crítica, y como tal es subjetiva. Este es mi octavo año corriendo la Adventure Race de Tandil, y siempre participo con mucho entusiasmo. Este año acompañé a un debutante y eso para mí es un motivo extra para querer participar. Pero lo que veo es que en cada edición importa más sumar a una marca que la integridad de los participantes.

Empecemos por el nombre de la carrera en sí. Cuando todo el mundo la llamaba “La Merrel”, hace unos años pasó a tener a Terma como main sponsor. Y hasta ahí lo entiendo, aunque esta bebida azucarada no me parezca una marca relacionada con el deporte. El tema es que sirven agua con bajo contenido de sodio en los puestos de hidratación, cuando todo deportista sabe que a menos que uno sufra de hipertensión, lo que necesitamos es sales. Pero el canje que tienen con Eco de los Andes es más importante que sufrir de hiponatremia.

Lo que para mí fue la decadencia de esta carrera probablemente haya coincidido con el cambio de sponsor. Hacia esta época aparecieron cervecerías como Brahma o Quilmes regalando latas de alcohol el día antes de la competencia. Y el ser humano va hacia lo gratis como una polilla hacia la luz (podrían regalar Cucatrap e igual habría cientos de personas haciendo cola). Muchos quizá desconozcan que el cuerpo trata al alcohol como si fuese una toxina, poniendo un gran esfuerzo en intentar filtrarlo. Mezclar ese proceso con la oxigenación de la sangre en la actividad física hace que el cuerpo colapse y no haga bien ninguna de las dos cosas. No importa si se toma el alcohol antes o después, el consumo de cerveza debería estar separado 72 horas de semejante esfuerzo físico. Aunque no todo el mundo lo sepa, el Club de Corredores debería saberlo, y debería velar por la salud de sus participantes.

En el trayecto también hay cosas que yo no considero sanas. Como aclaré antes, son apreciaciones personales. No disfruto del Gatorade, porque tiene muchísima azúcar y jarabe de maíz, dos cosas que no deberíamos meter en nuestro organismo. Pero sé que no le quita el sueño a mucha gente. Tampoco el tema de que regalen barritas de cereal con el mismo problema. En los puestos hay fruta (naranja y banana), así que uno puede elegir. Yo estaba corriendo con mucha hambre los últimos kilómetros y solo podía pensar en llegar, pedir una botella de agua (baja en sodio) y consumir algo de fruta. Cuando crucé la meta con mucha alegría, sufrí la gran decepción de enterarme de que no había nada para comer. Daban agua y más Gatorade, pero ninguna fruta. No es que esta ausencia sea un capricho mío, la fruta en la meta estuvo presente en las siete ediciones anteriores de la Adventure Race Tandil que corrí. Ese descuido del participante en pos de priorizar a una marca hace que todos los años le baje muchos puntos en cuanto a la organización.

¿Qué fue lo que más me indignó? Que cuando te quitaban el chip y te indicaban cómo hacerte de tu medalla de finisher, te aclaraban que primero pasaras por el stand para que te regalaran una cerveza. No reconocí la marca, solo que era negra, pero que te lo vendieran como el broche de oro de la carrera, en lugar de darte un alimento sólido, me pareció vergonzoso. Pónganse en situación: uno llega después de horas de trepar las sierras, cerca del mediodía, con hambre, y la plata para comprar algo de comer, o cualquier cosa que uno haya llevado para después de la llegada, en el auto de un amigo con quien uno no se puede encontrar porque está corriendo. ¿La opción es cerveza negra? Faltaba que me pidieran que les agradeciera por el favor que nos estaban haciendo a los que nos dedicamos a correr porque queremos cuidar nuestra salud.

El veredicto: La Adventure Race sigue siendo una carrera alucinante que hay que vivir, pero estoy empezando a pensar que las cosas positivas no son responsabilidad del Club de Corredores (la predisposición de la gente, el terreno, el clima) y las más graves sí (la ausencia de agua orientada a deportistas, la cerveza como si fuese un premio). Y con cada año tengo la impresión de que esto se agrava.

Puntaje:
Kit de corredor: 7/10
Organización: 6/10
Hidratación: 3/10
Terreno: 9/10
Puntaje final: 6,25/10

 

11 tips para correr en las sierras

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En Argentina, más precisamente en la ciudad de Tandil, todos los meses de marzo se corre la Adventure Race, una carrera que es parte de una serie y que está instalada en el calendario de muchos corredores de Sudamérica.

En mi caso es una de las primeras carreras que completé en mi vida (de hecho es la segunda de aventura que hice) y aunque hoy sus 27 km no me representan un desafío intimidante, es una prueba que no se debe subestimar y que es bastante exigente.

La primera vez que la corrí, en 2009, hice la mitad, lo que corresponde a las últimas dos postas, porque no me sentía preparado para hacerla completa. Cuando pude lograrlo, en 2010, quedé absolutamente rendido, después de estar 3:44 hs trepando y corriendo.

Esta es mi octava edición, y a dos semanas de correrla, me pareció oportuno recurrir a mi experiencia y dar algunos consejos para correr en las sierras.

  1. Entrenar cuestas. Si leen este consejo por primera vez, es un poco tarde para inscribirse en la Adventure Race dentro de dos semanas. Lo cierto es que esta carrera nos atrae a la gente de ciudad, pero no solemos tener un terreno similar para entrenar. Por eso hay que correr en cuestas, o sea en una calle que esté en subida, o las escaleras de un tren. Esto nos va a fortalecer las piernas y otorgar potencia.
  2. Entrenar progresiones. Como complemento del consejo anterior, hacer cambios de ritmo también sirve para que nuestros músculos estén mejor preparados para el ascenso y descenso. Si solo corremos en el llano nos estamos entrenando para la calle. Las sierras no están asfaltadas.
  3. Tener un equipo adecuado. Unas zapatillas con poca suela o desgastadas puede jugarnos una mala pasada. También no llevar lentes de sol o una mochila hidratadora incómoda. Parte de la preparación tiene que ser conseguir los elementos que nos van a ayudar a completar la carrera y no retrasarnos.
  4. No estrenar nada. Este es un error frecuente: llegamos a la acreditación y nos encontramos con puestos que venden calzas, pañuelos y geles a buen precio. Nos equipamos con productos nuevos y al día siguiente pretendemos estrenarlos. Es un gran riesgo que puede salir mal. La etiqueta de una calza que nos roza la piel puede lastimarnos y no dejarnos disfrutar la carrera. Lo mismo pasa con el sabor de un gel que nos enteramos de que no nos gusta. Todo se debe probar en los entrenamientos para hacer los ajustes necesarios.
  5. Beber sin sed. Haga frío o calor, cuando estamos en actividad constante y por varias horas, nuestro cuerpo necesita hidratarse. Generalmente las carreras de aventura se realizan en primavera y verano, que son los meses más calurosos. Al rayo del sol, en las sierras, haciendo actividad física, es probable que sudemos más y eso nos deshidrate más rápido. Si tenemos sed, es probable que ya estemos deshidratados. Lo mejor es ponerse un plan para beber cada determinado tiempo, por ejemplo 20 minutos. Y sostenerlo aunque no estemos sedientos, porque la idea es adelantarnos en lugar de tener que resolver un problema.
  6. Comer sin hambre. Esto es complementario al consejo anterior. Después de un buen desayuno (tip extra) vamos a sentirnos con mucha energía para trepar las sierras, pero lo más probable es que agotemos nuestras reservas antes de llegar. Alimentándonos con un sistema, que podría ser cada 40 minutos, nos aseguramos de que nuestro cuerpo tenga constantemente la energía que necesita. Y lo anudamos al cuarto consejo, de no estrenar nada. Todo lo que llevemos de comida de marcha debemos haberlo probado antes en entrenamiento.
  7. Armar una estrategia de carrera. ¿En qué partes voy a poder correr más rápido? ¿En qué ascensos tendré que caminar? ¿Cuál va a ser el punto en donde podría quitarme la mochila o comer? Todo esto lo podemos adelantar. A veces ver el mapa del recorrido asusta un poco, pero a menos que nuestra intención sea sorprendernos el día de la carrera, conviene familiarizarnos con el terreno todo lo posible. Ver en qué kilómetros tenemos llano o en dónde están ubicados los puestos de asistencia nos puede ser muy útil. También, como parte de nuestra estrategia, podemos determinar pequeños objetivos, como pueden ser las postas o una marca en kilómetros, para ir superando la competencia de a poco y no sentir que la meta nunca llega.
  8. No buscar ganar posiciones al principio. Es normal, y casi todos lo hacemos, el querer estar lo más adelante de todo al principio. Es una estrategia lógica porque en muchos sectores de las sierras solo se puede avanzar en una única fila, y nuestra velocidad va a depender del corredor que tengamos enfrente. Pero esta táctica de tener la menor cantidad de competidores que nos retrase es un arma de doble filo, ya que podríamos agotar las piernas… ¡y todavía nos quedan sierras por superar! Al final nos terminamos convirtiendo en los corredores que retrasan a los que vienen detrás. Es preferible ser conservador y reservar la energía para las partes más exigentes.
  9. Mirar mucho al suelo. Los corredores debemos mantener una posición erguida, mirar al horizonte, alzar la cabeza y sacar pecho… excepto que estemos corriendo en un terreno irregular donde podemos tropezarnos y caer en duras rocas. Dónde pisamos (y cómo lo hacemos) es fundamental en las sierras. Además de que el suelo es una formación geológica que tiene muy poco de blando, a veces el sendero es muy angosto y requiere de toda nuestra atención. En la Adventure Race vamos a tener caminos de tierra amplios, pero también tendremos que evitar torceduras de tobillo y tropezones.
  10. Bajar con cuidado. Es probable que, si somos ratas de ciudad, veamos que en las bajadas otros corredores (generalmente lugareños) se tiran de cabeza. A ellos les juega la experiencia a favor, pero cuando encaramos una sierra hacia abajo tenemos que hacer un esfuerzo distinto a subir. En los últimos kilómetros es probable que bajar nos resulte incluso más doloroso y exigente. Una buena técnica, sobre todo si estamos cansados, es bajar de costado, porque si nos caemos es más fácil sostenernos, y evitar golpearnos la cabeza o la espalda. También es una posición que evita que tropecemos hacia adelante. No estamos buscando hacer podio: bajar despacio solo nos va a retrasar unos pocos minutos, y no vale la pena lastimarnos para ganar unos míseros segundos en la tabla de posiciones.
  11. No aislarnos. ¿Vamos a las sierras solo por el desafío? Sería una pena, porque nos vamos a perder hermosos paisajes. Como dije antes, podemos perder unos segundos, incluso si es para detenernos (a un costado del camino) a contemplar el espectáculo de la cima de una sierra. Tampoco tenemos que fijarnos en correr y ganar minutos a toda costa. Las carreras de aventura tienen mucho de solidaridad. Quizá te cruces con un corredor que necesita una mano para subir, o un poco de aliento. No deberíamos olvidarnos de que no estamos solos. A veces en estas competencias nos queda grabado el gesto de otro corredor que nos motivó a seguir, o que nos ayudó a sortear un obstáculo. Estas pequeñas anécdotas también son las que le dan color a las carreras de aventura.

Por qué me ven más flaco

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Para quien está haciendo un esfuerzo consciente por lograrlo, pocas palabras son más dulces al oído que “Che, ¡estás más flaco!”. Pero si sos vegano y corrés ultramaratones, generalmente no es una felicitación, sino una señal de preocupación. “¿Estás comiendo bien?” suele ser la frase que le sigue.

Quizá te estés preguntando para qué quiere adelgazar alguien que entrena un mínimo de 4 veces a la semana, que retomó el gimnasio y que no consume ningún producto animal (y que intentó dejar el azúcar, y lo habría logrado si el AdeS estuviese endulzado con alguna variante más sana). Aunque no lo parezca, tengo 38 años, y cada día que pasa no rejuvenezco. Una buena genética y mis hábitos colaboran en que mantenga a raya a los radicales libres y goce de una decente salud celular. Pero cuidarse a los 30 no es lo mismo que hacerlo a los 40, y eso lo tengo muy en claro.

El estar entrenando para el Espartatlón me dio una gran excusa para romper mis reglas nutricionales y consumir hidratos de carbono como si fuese más necesario que el oxígeno. Pan irrestricto (propio o el de panadería), cous cous en todas las comidas (solo alternado por el arroz integral), pastas, galletas caseras, pizza, galletitas Cachafaz (mi talón de Aquiles) y un largo etécera. Las verduras estaban presentes, pero a veces pegaban el faltazo a la mesa. Así desarrollé una barriga y unos flotadores que me valieron alguna cargada entre mis congéneres corredores y que tapaban mis músculos en el abdomen. Alguna vez me encontré metiendo panza para una foto, mientras pensaba si eso contaba como estar haciendo abdominales.

El tema es que, sin darme cuenta, había creado una nueva zona de confort. No quería salir de ahí, aunque con cada paquete de Cachafaz pensaba “estas son las últimas que compro en toda mi vida”. Equilibrar mi alimentación (o sea, relegar hidratos para que avancen los vegetales) era algo que, aunque lo negaba en ese entonces, no quería hacer. Básicamente comía más calorías de las que estaba consumiendo (aunque quemara un montón).

Quizás inspirado por el cambio de año, decidí que era momento de que un vegano se amigara con los vegetales. Empecé por comer más ensaladas, por reducir las milanesas de soja a una sola (en lugar de dos por comida), a no llenar el bowl hasta el tope de avena y a que la porción de cous cous fuese un tercio del plato y no tres cuartos (o el 100%, como alguna vez hice). El gran paso lo di cuando decidí no comer hidratos en el almuerzo y la cena de los días en los que no entrenaba (más allá de lo que pudieran aportar los vegetales, el tofu y las semillas). Ese fue el punto de inflexión.

Al principio no fue fácil. Podía completar el entrenamiento, pero terminaba agotado. Soy de los que quiere terminar todo primero y correr el máximo de kilómetros que dice el entrenador. Porque sentir que mis compañeros me pisan los talones es mi modo de motivarme a hacer ese esfuerzo extra que te hace progresar. Y estar al frente del pelotón me estaba costando. Igual resistí, y no caí en la tentación de aumentar mis raciones de hidratos. A las dos semanas, esa sensación de cansancio había desaparecido. Al mes la panza estaba retrocediendo y las abdominales empezaban a aflorar sin trabar. Al mes y medio el cinturón ya no me ajustaba.

Ahí comenzaron las preocupaciones de que estoy más flaco y que se me nota en la cara. Pero la sensación de cansancio quedó muy atrás, y ya entré en ese ritmo de saciar el hambre con frutas y verduras. Sigo consumiendo hidratos todos los días: más allá de reducir un poco la ración de avena, sigue siendo mi desayuno y mi merienda. Los días de entrenamiento me permito una milanesa de soja en cada comida, o garbanzos, y algún ocasional cous cous. Lo que descubrí es que puedo darme permitidos cada tanto, como ir a comer afuera los fines de semana y comer harinas.

Ahora, la pregunta que alguno se estará haciendo es… ¿para qué? ¿Me importa lo que piensen los demás? Un poco sí, pero más me importa lo que piense yo. Y sinceramente sentía que no tenía una meta clara. Tengo carreras por delante, y mi desafío fantasma de correr hasta Pinamar (por el cual todavía no hice mucho). Pero me reconforta verme bien. Hoy miro el espejo y me siento satisfecho. Eso me da una cierta paz interna.

Ahora viene una segunda etapa, que es aumentar mi masa muscular. Estoy abocado a eso, consumiendo un extra de proteína los días de gimnasio. Ya comprobé algo que, de algún modo, ya sabía: el hábito define qué tan rápido llegan los resultados.

Y hablando de resultados, todos estos cambios coinciden con un apto médico que me estoy haciendo, así que los estudios cardíacos y sanguíneos deberían traerle tranquilidad (o no) a quienes les parece que verme más flaco que el año pasado es un signo de preocupación.

Lo que no funcione, resolverlo

suunto_antes_y_despues

Hace varios años empecé a correr con reloj. No porque me interesara la hora ni el tiempo que le dedicaba a la actividad física, sino porque me interesaba la función extra del GPS. Poder medir distancia… eso sí que me gusta.

Con los años pasé de la marca Garmin (quizá la más conocida de todos los medidores por geolocalización) a Suunto. ¿La razón? Mientras que el anterior me duraba entre 6 y 8 horas de batería con el GPS activado, el segundo llega a 15, y con una modalidad donde la señal con el satélite se actualizaba a intervalos mucho más extendidos, podía durar hasta 50 horas. Garmin significó poder medir mis entrenamientos y mi tiempo del maratón. Suunto fue pasar a ultramaratones y poder usarlo, entre otras carreras, para los 246 km del Spartathlon (una anécdota para otra ocasión es cómo después de 35 hs 44 minutos, olvidé de apagarlo y después pude descargar el recorrido de toda la carrera, la llegada a la meta, mi ingreso a la carpa médica, mi traslado en silla de ruedas hasta un automóvil, el trayecto hasta el hotel, y mis saltos lastimosos hasta la cama, momento en que la batería del Suunto decidió morir).

Hay un tema cuando uno se habitúa a algo y es cuando ese elemento deja de funcionar. Algo que podríamos considerar una “falla” es mi memoria, y las veces en que salí a entrenar y dejé el reloj en casa. Es lo más parecido a la sensación de salir de tu casa desnudo, sin el agregado de que en cualquier momento la Policía te lleva preso. Como llevé adelante ese capricho de medir todo lo que corría cada mes, aquellas veces tuve que pedir que alguien me cantara el entrenamiento, o calcularlo con el Google Maps.

Pero todo lo material se degrada, y luego de tanto uso, un día la tira que sujeta la malla del reloj se partió. Probablemente tuvo que ver con que me metí al río en Zárate, y la mezcla de goma vieja con agua y un fuerte sol, fueron demasiado para el material. Se me ocurrió que no era tan grave, hasta que directamente la malla se cortó en otro punto del reloj (unas 2 horas más tarde).

Entonces, las opciones eran dos: dejar de usar el Suunto o seguir usándolo… como sea. Opté por la segunda opción e hice lo más cercano a “atarlo con alambre”: lo resolví usando precintos de seguridad. Tengo montones que una vez compré para usar en las carreras de montaña (son realmente muy útiles), y me sentí como Tony Stark cuando construyó su primer Iron Man adentro de una cueva: había logrado algo funcional y estéticamente espantoso.

Dicen que la mejor forma de acallar las burlas es burlarnos de nosotros mismos, así que me encargué de mostrarle a todo el mundo cómo había emparchado mi reloj y lo feo que se veía. Pero seguía midiendo distancias y velocidad.

Un mes después de estar así, el cargador empezó a desarmarse (este adminiculo sí que no lo mojé en el río). Resulta que el broche que engancha con el Suunto tiene unos piquitos de metal muy pequeñitos que hacen contacto y probablemente transfieran la electricidad hasta la batería. Bueno, uno de estos piquitos decidió salir disparado del cargador. Para darse una idea, deben ser la cuarta parte de un grano de arroz. Encontrarlo sobre la mesa significó que estoy muy bien de la vista. Pude cargar el reloj cuatro o cinco veces más, hasta que volvió a saltar y ahí sí, desapareció para siempre.

Sabiendo que aquella carga era la última hasta conseguir un cargador nuevo, quise hacerla durar todo lo posible, pero al igual que en el Spartathlon, volví a casa y me olvidé de apagar el GPS, por lo que se consumió la batería entera.

Nuevamente, dos opciones: arreglarlo o comprar un cargador nuevo. La primera era imposible sin conocimientos de electrónica (no tengo). La segunda abría otras dos posibilidades: comprarlo en el país o en el exterior. Los precios en MercadoLibre para un cable con un broche que engancha en el Suunto eran desorbitantes: unos $1800.

Resolví hacer lo que todos hacemos ante una encrucijada: lamentarme en las redes sociales. Resultó que mi prima estaba en Estados Unidos y que regresaba en 10 días. Compré el cargador original por eBay (28 dólares) y ya que estaba una malla nueva y genérica (12 dólares). Dos semanas más tarde era como tener un reloj nuevo (el Suunto Ambit Black 2 tiene un costo base de 280 dólares).

La satisfacción de haber resuelto algo que estaba roto es impresionante. Fue como pasar del Iron Man de la cueva al rojo y dorado que ya podía volar y no se congelaba en la estratósfera. Y decidí resucitar mi proyecto del Cuentakilómetros… arrancándolo de cero en Febrero.

Cosas a resolver en mi vida a continuación, empujado por este triunfo por sobre los objetos materiales:
• Cómo hacer capturas de pantalla con mi celular Samsung.
• Colocar apliques a todas las luces de la casa.
• Cambiar la lamparita que no funciona en la entrada del departamento.
• Arreglar la pérdida de agua del lavarropas.
• Estirar mi sueldo hasta fin de mes.

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