Adentro de la mente de un ultramaratonista

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Sé que muchos no pueden concebir estar corriendo muchas horas. Lo primero que me preguntaron mis amigos cuando les conté que corría grandes distancias fue en qué pensaba mientras lo hacía. Muchos asumen que los fondos son aburridos, pero creo que ante un desafío muy grande, pasan muchísimas cosas por la cabeza. Así que, para quienes no han vivido la experiencia de llevar el cuerpo al límite, estas son las instancias por las que pasa mi cabeza en una ultramaratón:

  1. Ansiedad: Al principio es la urgencia de que llegue la carrera. Repasar las cosas que voy a necesitar, planificar, imaginarme corriendo. Es una instancia previa a la corrida, pero por la que hay que atravesar. Imagino mis tiempos (jamás la pego), qué me puede llegar a pasar. Cuento los días.
  2. Negación: Suele aparecer la semana antes y dura hasta la largada. Es el momento en el que pienso que no voy a lograrlo, que no estoy preparado como otros años. Ahí es cuando un dolor en la rodilla, un tirón en el gemelo, o cualquier molestia es un indicio de un inminente fracaso. A pesar del entrenamiento y la preparación, es la etapa en la que dudo completamente de mí y empiezo a decirle a mis amigos y compañeros de running que se preparen para lo peor (por suerte, tampoco la pego en estos presagios).
  3. Euforia: La largada. Indescriptible. Una descarga de adrenalina. Es la instancia en la que pienso: “No me siento tan mal como creía”. Contrario a los sentimientos negativos que podía tener anteriormente, con solo hacer el primer kilómetro me digo: “No va a ser tan difícil… Es hacer esto cien veces más y listo”.
  4. Paz: Es la etapa donde todo se acomoda, en la que encuentro la velocidad crucero. Si venía rápido, me voy relajando hasta tener una marcha constante. Si podía apurarme, ya lo hice. Es un momento de pensar poco, de intentar llegar a los primeros puestos, apegarme a la estrategia de agua y comida. No hay señales de cansancio todavía. Voy quemando etapas y pienso que ya hice “un tercio de carrera”, o que me falta hacer esto “ocho veces más”. Es segmentar la distancia total en partes más manejables para el cerebro.
  5. Agonía: Si escucharon hablar del muro de la maratón, en las ultramaratones pueden aparecer varios muros, uno atrás del otro. Acá aparecen los dolores, y aunque intento no desanimarme, empiezo a padecer el correr. Es verdad que no siempre pasa, pero ante distancias cada vez más largas, el correr la meta hace inevitable que el agotamiento pase a primer plano. Es la instancia de cantar adentro de mi cabeza, de rezar, de tirar al diablo la estrategia que hace 13 kilómetros no estoy siguiendo de todos modos. Es cuando ensayo en mi cabeza la reseña de la carrera en este blog, y explico por qué me quedé afuera. Es una suerte de “abrir el paraguas” en el terreno literario. Una sola vez terminé escribiendo todos esos sentimientos de renuncia que sentía, mientras que todas las otras veces me terminé reponiendo. Es cuando esa canción que canto adentro de mi cabeza empieza a fastidiarme, y prometo nunca más volver a correr esta carrera.
  6. Renacer: Después de estar en esa velocidad crucero horas y horas, o de padecer el trote, algo se renueva por dentro. Puede estar acompañado por la salida del sol, o la mágica desaparición de esa molestia que empezaba a preocuparme. Es haber cruzado finalmente los muros. Ya la carrera pasa a ser algo posible de finalizar. En mi cabeza empiezo a adivinar el horario de mi llegada, y es en la instancia donde generalmente la pego. Me apego a lo que venía funcionando, y pasan por mi cabeza pensamientos de mucha humildad. “Al final era humano”, puedo llegar a pensar. Es también la etapa de alentar en voz alta a los que veo alicaídos, de saludar con actitud positiva en los puestos.
  7. Aceptación: Es la anteúltima etapa, en la que se empieza a oler la meta. Ya sé cómo voy a llegar, en qué estado. Muchas veces me ha pasado de estar acompañado por alguien en este tramo, quizás un amigo o alguien que conocí ahí. Eso me permitió en el pasado empezar a analizar la carrera, lo que me gustó, lo que fue un desafío. Contemplo mis errores y mis aciertos. Es cuando me doy cuenta de que no voy a cumplir la promesa de no volver a correr esta carrera.
  8. Gloria: La llegada a la meta. Empieza uno o unos pocos kilómetros antes de llegar. Es cuando ya “no queda nada”. Las piernas corren a un ritmo que antes no hubiesen podido sostener. Es un momento de mucha alegría, y quizás el tramo donde menos se piensa. Todo lo que el cerebro puede contemplar en ese momento es esa línea caprichosa que alguien determinó que sea la llegada. Es un momento de triunfo muy grande, donde por unos minutos no hay cansancio, no hay dolor. Incluso hay sonrisas para la foto. En ese instante, es el momento más lindo de toda la carrera.

Después de la llegada podríamos decir que solo queda una cosa por hacer: empezar a escribir en mi cabeza la verdadera reseña para el blog. O sea, la que no es derrotista y explica por qué me fue “mal”. Si estoy activo en esto de escribir, ahí surgen frases que terminan textuales en Semana 52. Pero también hay muchas “genialidades”, que al momento de sentarme frente a la computadora olvido por completo, y recuerdo dos días después. Ya no me lamento por estas cosas como antes.

Quizás no sea esto un racconto textual y exacto de todo lo que me pasa en una ultramaratón, pero es una generalidad. Las canciones que me repito incensantemente en mi cabeza varían en cada carrera. Suele ser solo el estribillo, repetido hasta el hartazgo, pero es un recurso para pensar poco, concentrarse en mantener el ritmo, y aguantar. Es una manera también de no darle lugar a las inseguridades, porque las ultramaratones, como bien dijo Dean Karnazes, no 15% entrenamiento, 15% alimentación y 70% cabeza.

Para qué sirve cumplir un sueño

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Hoy se cumplen 2 años de que completé el Spartathlon. El 27 de septiembre de 2014, después de una serie de percances, sacrificios y sudor, alcancé la estatua de Leónidas y le di un beso en el pie, porque leí por ahí que esa era la tradición, y por supuesto era parte de mi sueño.

Ya antes de haber llegado a esta importante meta en mi vida y en los meses siguientes, escuché mucho sobre haber hecho algo imposible (y me viene a la mente ese dicho que dice “lo imposible solo cuesta un poco más”), y hasta de quién era el mérito. ¿Fue mío, por haber sido yo quien moviera esos pies hasta la llegada? ¿Fue de Germán, mi entrenador, que supo orientarme en la dirección correcta? ¿Fue de mi nutricionista, que me había armado un plan de consumo calórico hasta el último gramo? ¿Fue de mis padres, que no solo financiaron el viaje, sino que estuvieron ahí para darme aliento y motivarme a avanzar para volver a verlos en cada puesto? ¿Fue de mi familia y amigos, que me apoyaron económicamente y me alentaron a miles de kilómetros? ¿Fue de la organización, que supo explicar los desafíos de la carrera y puso en forma correcta y eficiente los puestos de asistencia? ¿Fue del clima lluvioso, que hizo que esas 36 horas no fueran tan sofocantes? ¿O fue la sumatoria de todo?

Cada uno tendrá su opinión al respecto, pero yo sumaría algo más, y es que a mí me ayudó mucho haber leído sobre las experiencias de otras personas, tanto las que se convirtieron en espartatletas como las que tuvieron que abandonar. Leí la historia de gente que llegó la primera vez y no pudo hacerlo la segunda. O la tercera. Atletas que tuvieron que participar dos, tres o más veces hasta poder alcanzar el bendito pie de Leónidas. Y todo me sirvió.

Así fue que supe que necesitaba un equipo de asistencia para llegar, y se convirtió en mi obsesión hasta que logré reunir el dinero que los trajera conmigo. Supe cuáles eran las partes más duras (la noche), en qué momentos eran más flexibles con los cortes de horario y cuándo permitían caminar. Tuve que esperar hasta estar oficialmente inscripto para empaparme de todas esas historias, pero me ayudaron muchísimo.

Hoy creo que Semana 52 es eso, una ayuda para otros corredores que quieren hacer carreras que yo ya hice, o participar de competencias parecidas. Escribí qué cosas hice bien, qué me resultó más difícil, y casi sin habérmelo propuesto, devolví algo para que algunos corredores pudieran alcanzar sus metas.

Entonces, hoy se cumplen dos años de que hice realidad el sueño de completar el Spartathlon. A mí me dejó muchísimo a nivel espiritual, y retomé este blog, sin un objetivo fijo para esas 52 semanas, pero sabiendo que alguien va a encontrar algo, entre todos estos cientos de posts (1465, para ser exactos). Y me hace muy feliz saber que alguien cumplió un sueño que pensaba imposible, o se animó a activarse y entrenar, porque leyó algo acá que le llegó. Ese es el único objetivo a la fecha de Semana 52… inspirar y devolver todo lo que aprendí, y lo que seguiré aprendiendo.

A dos años de mi Spartathlon

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Hay dos clases de personas en la vida. Los que cumplen sus sueños y los que no. Bueno, hay gente que ni siquiera lo intenta… Okey, hay tres clases de personas en la vida. Los que cumplen sus sueños, los que intentan y no lo consiguen y los que nunca lo intentan. A decir verdad también están los que confunden sus sueños y los cumplen solo para darse cuenta de que no era lo que querían.

Hay CUATRO clases de personas en el mundo. Yo soy alguna de esas.

Hoy, 26 de septiembre, se cumplen dos años de que empecé el Spartathlon. Fue a las 7 de la mañana, hora de Atenas, y si la memoria no me falla había 6 horas de diferencia, por lo que el final de la carrera iba a ser a la 1 del mediodía, hora de Buenos Aires. Sería una tontería pretender volver a contar todo lo que viví, cuando cualquiera puede ir al historial del blog y leerlo, pero a dos años de correr esos 246 km hasta Esparta puedo dar fe de que sí, fue la mejor experiencia de mi vida.

No recordaba este aniversario, seguramente estaba en mi subconsciente, porque anoche soñé que le explicaba a alguien el origen de mi tatuaje, y cómo representaba toda mi evolución hasta completar esa mítica carrera. En este momento hay muchos atletas en esa suerte de villa olímpica, cerca de Atenas, donde cientos de corredores de todo el mundo se congregan. Muchos van a cumplir su sueño por primera vez, otros van a intentar repetirlo. Algunos llegarán, otros no, pero dudo que alguien complete esta fabulosa ultramaratón y se dé cuenta de que no era lo que quería.

Por supuesto que con el correr de los años aquella carrera va tomando categoría de mito, y de a poco los recuerdos se embellecen y todo empieza a asemejarse a una película en la que el muchacho de orígenes humildes hace todo lo que está a su alcance (y más) para alcanzar la gloria. Sin embargo, no creo que ningún detalle haya estado de más. Desde las ampollas reventadas, las escapadas con mis toallitas de papel en un oscuro baldío para evacuar más que una duda, los raspones en las entrepiernas y las galletas de arroz que casi vomito, todo es parte de esa historia y confluyó en la llegada hasta la estatua de Leónidas.

La nueva camada de espartatletas va a comenzar su propia aventura este viernes. Yo ya no puedo correr el Spartathlon por primera vez. Solo puedo aspirar a volver, algún día, y hacer una aventura nueva, en la que todo sea distinto y a la vez igual.

Aprendiendo a meditar

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Entonces, en el episodio anterior me encontraba en Río de Janeiro, dispuesto a pasar unos días con Luciane, conocer a su familia y amigos, y presentarme como su “namorado” (novio en portugués). Pero mi objetivo era ver si podía mantener el blog actualizado, contar cómo es ser vegano en Brasil, y entrenar bajo el sol carioca (mientras en casa todavía se sufría el invierno). Bueno, nada de eso pasó (la parte de presentarme como su novio sí ocurrió).

Pero son buenas noticias. El hecho de que no haya tenido tiempo de escribir implica que estuve ocupado haciendo otras cosas. Cociné, comí, vimos películas con subtítulos en portugués (recomiendo fuertemente “Corazón de León”, con Guillermo Francella), comí, hice algunas compras, comí, y hasta navegué en un pato bote a pedal. También comí.

El contraste del regreso fue duro, porque Buenos Aires no tiene el mismo clima que Río y la primavera se está haciendo desear. Además, estar ocho días con mi novia se sintió como poco ahora que estoy de vuelta en casa. Tenemos planeado cambiar esa situación en breve. Descubrí además que extrañaba mucho a Santi, mi gato, y aparentemente él también, porque se está mostrando más cariñoso que de costumbre. Eso quiere decir que desde el sábado solo me mordió tres veces.

Dejando de lado las cuestiones románticas, en las que quiero explayarme en un post futuro, los puntos más trascedentes de este viaje fueron dos. Primero, haber corrido con Luciane alrededor de la Lagoa Rodrigo de Freitas, en Humaitá, un paraíso para cualquier corredor. Segundo, un verdadero descubrimiento para mí, que fue haber hecho meditación. Eso se lo debo a mi namorada, que me invitó el centro donde medita. Nunca fui muy devoto de estas prácticas, y me sorprendió encontrarme tan cómodo.

Supongo que la vida me mostró la meditación en varias oportunidades. Dejando de lado lo que conocí en el mundo de la ficción, mi conocimiento de esta disciplina era bastante limitado. Mi antigua counselor, Claudia, me lo había recomendado, y podría decir que correr, en especial las ultramaratones, tiene algo de meditación.

El objetivo, a través de los mantras, es poner la mente en blanco. Eso, desde luego, es algo extremadamente difícil, pero intentando llegar a ese estado es que muchos de los problemas que están dando vueltas en nuestra cabeza empiezan a resolverse. Me encontré poniendo mis desafíos bajo otra luz, dejando el ego de lado. Fue una experiencia muy especial, y me dieron ganas de seguir ahondando. Hace más de un año que descubrí los mantras, y los escucho para trabajar. Solo me faltaba usarlos para relajarme.

Aunque no tuve tiempo de actualizar el blog, encontré que después de meditar se me aclaraban las ideas y que tenía mucho material para escribir. No solo espero que este blog se vea favorecido por eso, sino que me gustaría que mi vida también. Voy a poner ahora unos mantras, y seguir pensando en el tema…

Oi, Rio de Janeiro

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Estoy, finalmente, en Brasil. Específicamente en el barrio de Humaitá, en Río de Janeiro. El avión no se cayó en el Amazonas, finalmente. Probablemente la ruta del vuelo ni siquiera pasaba por este río, pero en mi cabeza estaba dentro de las posibilidades. ¿Cómo iba a poder sobrevivir yo en medio de la jungla? Porque no matarme también estaba dentro de las posibilidades.

Como todo vegano, comer afuera es siempre una complicación. Por suerte Luciane me llevó a dos restaurantes veganos donde pude relajarme sin pensar qué estaba comiendo. Hoy no hay dónde comprar delicias veganas, porque en Brasil el domingo se respeta.

Solo puedo decir que finalmente desabrigarme, con un promedio de 25 grados de temperatura, es un verdadero placer. Veo las fotos de mis amigos con camperas y protegidos del viento, y no los envidio.

Luciane vive en una calle con una cuesta importante, la cual quiero conquistar corriendo. Mañana haría un entrenamiento para probar si mis dolores en la planta del pie son las zapatillas o no, y para ver cómo estoy de cara a la maratón de Buenos Aires. Hay un lago, el cual no me pueden preguntar cómo se llama porque no lo sé (Lagoa Rodrigo de Freitas, según Google), que podría tener 8 km de circunferencia, aunque podría ser más, y va a ser el objetivo para mañana. Hoy hace un sol increíble y no puede haber otro plan más que ir a la playa.

Todavía no conocí a la familia de Luciane. No estoy nervioso.

Otro de los objetivos para este viaje es ir al Decathlon. Mi iPad me juraba que ayer iba a llover, y no ocurrió. La idea es ir cuando no haga un sol espectacular como el de hoy, pero al parecer el clima nos va a seguir sorprendiendo. Igual, ir al Decathlon, la tienda departamental de deportes favorita de quien les escribe, es un hermoso plan, llueva, truene o haga 30 grados. Veremos cómo nos sigue sorprendiendo este viaje.

Adiós, Buenos Aires

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Hacía mucho tiempo que no escribía una entrada del blog en un avión. La última vez fue volviendo desde Roma a Ezeiza, luego de haber hecho esa pequeña parada en Atenas para correr el… bueno, ya saben. El Spartathlon.

Ayer no pude actualizar mi blog y rompí mi marca de 14 días actualizando ininterrumpidamente. No es un mal número. Mientras esto sean excepciones, no me va a quitar el sueño. Como cada viaje, me sumergí en trabajo para compensar los días que voy a estar lejos de la computadora. Mi prioridad fue trabajar y entrenar con PUMA Running Team y con Julián, mi actual alumno. En ese sentido, cumplí con todos.

Este viaje no es para ir a una carrera, debo confesar. Estoy viajando a Rio de Janeiro a ver a mi namorada, Luciane. Voy a conocer a su familia y amigos. Quizá corra algún día, pero no es seguro. Estoy con algunos dolores en la cadera, del lado derecho, y en la planta de los pies. No se me escapa que los últimos aparecieron con el cambio de zapatillas. Quiero pensar que en verdad necesito plantillas nuevas, pero con la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires a pocas semanas quiero cuidarme. Quizás la haga con mis zapatillas anteriores, que me causaban algunas molestias pero no alcanzaban nivel de dolor.

No quiero ser de los que se quejan y dejan de intentar. Pero a la vez sé que no tiene sentido romperse en un entrenamiento. Prefiero darlo todo en una carrera. Por las dudas, no me traje las zapatillas nuevas al viaje. Esas quedaron en casa, mientras pienso si el problema soy yo o si son ellas. La maratón la voy a hacer, sin dudas, pero esa molestia en la cadera apareció hace un mes y va y viene. Estoy demorando la visita a un traumatólogo para que me diga que al final yo era humano.

Atrás dejé mi trabajo hecho, después de larguísimas jornadas en las que comprimí 14 días de trabajo en 5. En casa también quedó Santi, mi gato, con muchísima comida; las cuentas pagas y el vecino del 1ro A que insistía en que vaya a explicarle algo en la computadora. Quiero ver si Rio me recibe con un clima menos hostil al que estuvimos sufriendo en Buenos Aires, aunque hay una garota que me va a recibir de brazos abiertos.

¿Cómo hace un corredor de ultramaratones para mantener una relación con una carioca, un gato que ataca a todas las visitas apuntando a sus talones y un extraño dolor de cadera? Lo veremos en las próximas semanas…

Spartathlon: viaje al límite de lo humano

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Hace unos días mi amigo Juano Flyer me pidió hacerme una entrevista para su blog, que combina la pasión por viajar y correr. Compartimos eso y muchas otras cosas (una alimentación sana, una filosofía sobre la generosidad hacia las nuevas generaciones de corredores y vivir en San Isidro, entre otras), así que me sorprendió que me pidiera contarle mi historia del Spartathlon, que ya conocía.

Juan había inaugurado una sección en su blog llamada “Historia de un viaje”, y aunque tenía la opción de levantar todo de este blog, prefirió juntarnos a comer en su casa y grabar una charla. Siempre me encanta revivir mi aventura, y si además cuento con una cena vegana, voy a estar más que predispuesto.

Fue lindo vivirlo “del otro lado”, y no ser yo quien tuviera que bajar a texto la anécdota más importante de mi vida. También fue divertido ir recibiendo los mensajes actualizando el estado del artículo, como “Tu post está en el horno. Me COSTÓ MUCHÍSIMO!!!!!!”, o el pedido de auxilio de “ya cambié el título 7 veces”. También me consultó por posibles títulos, y hasta me tomé el atrevimiento de hacerle sugerencias propias. El que quedó me gusta mucho, y es el mismo título que le puse a esta entrada (solo para confundir).

Debería aclarar que Juano fue una de mis inspiraciones para retomar este blog, con el que vengo cumpliendo en mis actualizaciones diarias. Su entusiasmo me recordó mucho mis comienzos en 2010, cuando el Spartathlon no era ni siquiera una posibilidad mensurable para mi cerebro. Verlo crecer y empezar a tener repercusión me contagió, y el 1 de septiembre volví a intentar la actualización de Semana 52. A ver hasta dónde me lleva.

Es raro leer su post, porque no solo reviví mi historia, sino que tengo la oportunidad de verla desde afuera, como si la hubiese vivido otra persona. Si bien tiene condimentos novelescos, pero Juano encontró un hilo entre “el muro” y “las cajas”, que creo la hacen más interesante. Les recomiendo que lean el post que armó, y de paso visiten sus otros artículos.

De por qué amo y odio viajar

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Uno de los mayores placeres en mi vida es viajar. Por supuesto, si puedo combinarlo con una carrera, será la experiencia perfecta. Si además involucro a una chica, el resultado es felicidad pura.

Pero siendo alguien que nunca se interesó demasiado por la física, entiendo que en el mundo hay fuerzas pujando y que una acción siempre es precedida por una reacción. En mi caso, esa felicidad viene con algo de estrés.

Si bien trabajo en mi casa y en mis tiempos, cuando viajo necesito adelantar trabajo y dejar todo más o menos organizado para mis días de ausencia. Este viernes parto a Río de Janeiro (por segunda vez en el año) y estoy condensando el trabajo de 14 días en solo 5. No lo estaría disfrutando.

No es novedad. No recuerdo un viaje donde en algún momento no la pasara mal. La primera vez que fui a Europa estaba convencido de que algo iba a salir mal. Posiblemente en migraciones, en España. O cuando intentara ingresar a Londres (un sueño desde mi tierna adolescencia). Aunque no tuve absolutamente ningún percance, la migraña y esos nervios que te hacen sudar las manos me acompañaron en varios tramos del vuelo.

Lo más preocupante es que me acostumbré a eso. O sea, ya sé que voy a sucumbir ante una tonelada de trabajo, que voy a dormir poco, y que voy a intentar provechar cada minuto que tenga (como por ejemplo espaciando mis baños, no sacando la basura a la calle y no actualizando este blog). Aunque caí en la resignación, intento luchar contra eso y no dejo de entrenar (y acá estoy, actualizando este blog).

Si no fuera por las carreras, y porque dentro del running armé un grupo de gente ideal para las aventuras a miles de kilómetros de casa, hubiese viajado muchísimo menos en mi vida. Probablemente nunca hubiese vuelto a la Patagonia, que conocí a los 17 en mi viaje de egresados, ni hubiese hecho el Camino del Inca, y ni siquiera hubiese corrido el Spartathlon en Grecia. Pero lo que jamás imaginé es que iba a tener interés en visitar Brasil… dos veces en un año.

Mi primer viaje a Río de Janeiro fue en 2013. Me acababa de separar y necesitaba dos cosas: reconectarme con mis amigos, a los que había dejado de lado, y empezar a hacer todo lo que no hacía por miedo a contrariar a mi ex. En el grupo de PUMA Running estaban yendo a la Maratona do Rio, así que me sumé. Desde que tomé la decisión hasta que viajamos pasaron solamente 30 días.

Nunca se me había cruzado por la cabeza ir a Brasil. Asumía que era un país hostil hacia los argentinos, y yo tenía más interés en viajar a Europa. Subestimé muchísimo a los brasileros, y aunque no volví hablando portugués, me encantó correr los 42 km junto a las playas, y me prometí volver algún día.

Esa promesa la cumplí este año, cuando fui nuevamente a correr los 42 km. Por supuesto que tuve que adelantar trabajo en ambas oportunidades, y que llegué al vuelo de ida con poquísimas horas de sueño y muy estresado. ¿Compensa el placer de viajar por esa angustia de la semana previa? Hasta ahora creo que sí.

Entonces, ¿por qué estoy volviendo a Río de Janeiro, si ya estuve ahí hace 5 meses? Bueno, sin planearlo, como suceden estas cosas, me enamoré de una carioca. Y ella de mí (por suerte). Ella ya conoció a mi familia, soportando el peor invierno argentino en años (con lo mucho que sufren el frío los brasileros) y ahora me toca a mí conocer la suya.

¿Significa eso que voy a ir más seguido a Brasil? Es probable. ¿Me seguiré estresando? Podrían apostarlo. Pero como dije al principio, me encanta viajar, me encanta correr, y si le mezclamos a una chica, el resultado es felicidad pura. Mi viaje a Río en abril fue todo eso, así que tiene sentido que quiera estresarme y volver.

¿Se puede correr con lluvia?

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Sí.

Placer culposo: Zapatillas nuevas

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¿Hay un momento de mayor alegría para un corredor que comprar zapatillas nuevas? Nos acompañan desde que empezamos a entrenar hasta que vamos a retirar nuestra medalla en las carreras. Salen de su caja prístinas, oliendo a nuevo (recomiendo tomar una nota mental para cuando estén llenas de barro y con aroma nauseabundo).

Después de buscarlas en varias oportunidades conseguí las PUMA Speed Ignite 1000, que por algún motivo desaparecieron de los locales y solo se puden conseguir en los outlets de esta empresa. Evidentemente no son lo que el público general busca, y por eso me resultó difícil encontrarlas.

Estas zapatillas suponen ser las herederas de las Faas 1000, que a muchos puede no decirles nada pero con ellas corrí el Spartathlon. Fueron 36 horas seguidas sin cambiarme de calzado (aunque llevé un par suplente, por las dudas), y respondieron muy bien durante los 246 km. El número mil responde al nivel de amortiguación, siendo 300 las de pista y 600 las ideales para una media maratón. Estas en particular me dieron muy buenos resultados en fondos muy largos y para paliar el rebote del asfalto.

Supongo que siempre tuve una fascinación por las zapatillas. Todavía recuerdo esas Adidas de mi papá, que tenían unos tornillos azules y rojos en los talones, cuyo ajuste suponía un tipo diferente de performance. Después vinieron las Torsion, que tenían un plástico longitudinal en la suela. Yo estaba convencido de que me hacían correr mejor, y todos sabemos que con esa confianza alcanza para que suceda.

Nunca tuve mucha simpatía por la marca Nike, los pocos modelos que tuve se rompieron muy rápido. También tuve zapatillas Asics, las cuales me hice traer de afuera a un precio ínfimo comparado con la ridiculez que se cobraban en Argentina. Rara vez me decepcionaron.

Nunca me encargué por disimular mi fanatismo por PUMA, y la aparición de las Faas (muy livianas pero con mucha amortiguación) fueron un antes y un después para mí. Empecé a diferenciar las zapatillas ideales para calle de las de aventura. Lamentablemente hay muy poco de esta marca para trail, y cuando sale un modelo (como las Nightfox, o las TR) intento hacerme con un par, pensando en mis carreras en las sierras o en la Patagonia.

Las zapatillas no son baratas. Y si lo son, conviene dudar de que sean lo que estamos necesitando. Los corredores no podemos escatimar en calzado. Comprar algo porque es barato es un criterio que desaconsejo. Si tenés la suerte de correr kilómetros y kilómetros por pasto, supongo que me podría flexibilizar, pero ante la dureza de las veredas y el asfalto, todo lo que inviertas en zapatillas es menos lesiones y dolor de la cintura para abajo.

Estoy pensando un modo de cerrar este post sin que parezca que es publicidad encubierta. Lo cierto es que la única vez en mi vida que tuve un sponsoreo de PUMA fue en el Spartathlon, donde me vistieron por completo y me dieron aquellos dos pares de Faas 1000 que tanto quise. Por supuesto que sigo eternamente agradecido por ese aporte a la aventura de mi vida, pero todavía mantengo mis valores intactos (traducción: soy pobre y mis valores se venden por dos o tres pares de zapatillas al año).

Lo cierto es que recomiendo el entrenamiento como vehículo para mejorar la vida porque es exactamente lo que hago. También intento difundir la alimentación vegana, con todas sus ventajas, porque es como yo me alimento. Y vivo recomendando la marca PUMA porque es la que uso, y sus calzados me acompañaron en casi todas las grandes carreras que de mi vida.

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